Cultura + Estilo

2 cariocas visitando lugares imperdibles de Río de Janeiro

Fue una agradable sorpresa sentir el aire frío llenándome los pulmones aunque fuera un día caluroso de verano en Río de Janeiro. El café arabica brasilero, fuerte y dulce, me ayudó a salir de mi letargo a las 4:30 a. m. El cielo oscuro estaba despejado y pronto Vitor vendría a buscarme para nuestro día de actividades.

Vitor es un querido amigo a quien conocí hace casi veinte años. Siguiendo los pasos de su padre, el famoso fotógrafo de naturaleza, Luiz Claudio Marigo, le tomó el gusto a la vida al aire libre desde pequeño. Luego de crear una exitosa agencia de deportes extremos, ahora está concentrado en su carrera como fotógrafo.

“¡No te vas a arrepentir!” me dijo casi como disculpándose en cuanto me subí al auto. Me emocionaba tomar algunas lecciones de fotografía con él mientras exploraba mi adorada ciudad. Sin embargo, para poder hacerlo, hay que levantarse exageradamente temprano, para captar la mejor luz.

Al llegar a Praia Vermelha recordé que en pocas horas el lugar iba a estar lleno de gente: la popularidad del Pan de Azúcar parece no disminuir nunca. Armamos los trípodes y cámaras en el malecón de la playa y esperamos ansiosos el espectáculo que la naturaleza ofrece cada día.

Por más que me molestara, Vitor tenía razón: la luz del sol hacía que las nubes solitarias se sonrojaran a medida que acariciaban las curvas del cerro Pan de Azúcar a nuestra izquierda. Las tranquilas aguas del mar pintaban un reflejo inquietante por debajo, mientras la brisa salada de mar llenaba el aire.

Luego de contemplar el espectáculo, empacamos nuestras cosas y nos fuimos lentamente por Pista Cláudio Coutinho, un camino que sigue el contorno de la base de la montaña, paralelo al océano. En pocos minutos estábamos dentro de un pedacito de selva, sumidos en los sonidos de aves gorjeando y olas rompiendo contra las rocas.

No, no vamos a tomar el teleférico. Vamos a escalar la montaña. Cuando terminó el sendero, caminamos sobre rocas y subimos por una zona plana donde nos pusimos los arneses. Una vez ahí, la atención pasa de la amplitud del mar que hay debajo a la muralla de roca que uno está por enfrentar.

Ir hasta las colinas de Río…y subirlas. (Foto: Viktor Marigo)

 

Cuanto más alto llegábamos, más fascinante era la vista. Las lagartijas, muy bien escondidas, se alejaban a medida que nos acercábamos a ellas, mientras que los monos tití parecían darnos la bienvenida y unirse a nosotros. Pronto nos convertimos en un grupo de cinco: ¡dos humanos y tres monos!

Hay que mantener los ojos muy abiertos para ver a los animales silvestres que nos miran desde arriba. (Foto: Viktor Marigo)

 

Llegar a la cima nos llevó un poco menos de dos horas. Como Vitor me dijo que teníamos que llevar la menor cantidad de peso posible para escalar, dejé mi teleobjetivo en el auto. Sin embargo, él trajo el suyo. “Un fotógrafo profesional sabe qué hacer”, reconoció después.

Como el día estaba increíblemente despejado, pasamos un par de horas sacando fotos de puntos icónicos de Río: el Cristo Redentor, la playa de Copacabana y los veleros de la bahía de Botafogo. Luego tomamos el teleférico para bajar de la colina Cara de Cão (la más chica de las dos) e hicimos la caminata de 20 minutos de descenso a Praia Vermelha.

Con el mediodía casi sobre nosotros, la temperatura se estaba volviendo insoportable y la luz ya no era adecuada para sacar buenas fotos. Como verdaderos cariocas (los oriundos de Brasil, para quienes aún no lo saben), convenimos en que era momento de un açaí frío con muesli y una siesta, antes de retomar los planes para la tarde. ¿Por qué luchar contra el calor cuando se pueden tomar un par de horas para relajarse? No hay nada mejor que las siestas, en especial en un día caluroso.

La opción evidente era Tacacá do Norte: esta tienda sencilla medio escondida en el vecindario de Flamengo tiene el mejor açaí de todo Río. Satisfechos después de disfrutar la delicia fruta congelada, nos fuimos a casa, cerca en Laranjeiras, mientras que se nos iban cerrando los párpados.

La vista durante el ascenso al cerro Pan de Azúcar. (Foto: Viktor Marigo)

 

Me desperté sobresaltada luego de un sueño muy real con serpientes y gorilas. Me dolía un poco el cuerpo por la escalada, y una lluvia de cascada revitalizante en Paineiras eraexactamente lo que necesitaba.

Paineiras es un camino dentro del Parque Nacional de Tijuca, nuestra propia selva tropical. Como es más arriba, en las montañas, los locatarios suelen ir allí a disfrutar de temperaturas más frescas mientras caminan y andan en bicicleta a la vez que disfrutan de la naturaleza y la vista espectacular. Vitor volvió a recogerme y esta vez insistí en llevar el teleobjetivo, ya que era muy probable que viéramos animales silvestres.

Inmediatamente pude sentir la diferencia en la calidad del aire: la selva densa a nuestro alrededor se aseguraba de que fuera el más puro que pudiéramos conseguir. Los altos árboles de jaca estaban cargados de fruta y cientos de bromelias florecían debido al alto nivel de humedad.

A medida que nos acercamos a la cascada, que de hecho es una tubería fabricada para dirigir el agua, ya había algunas personas aprovechándola. Debido a su altura, el agua cae con fuerza, por lo que no solo uno se siente energizado por el agua fresca y fría sino que, además, consigue un masaje de hombros gratis.

Con el sol ya poniéndose lentamente, calculamos el siguiente paso a dar mientras tomábamos algunas fotos a larga distancia de la Lagoa Rodrigo de Freitas y del Jockey Club, el hipódromo de Río. De repente Vitor vio un tucán amarillo brillante y dijo: “Tenemos que terminar el día como lo empezamos, mirando el atardecer”.

No había forma de discutirle eso. Y como todo carioca sabe, hay un solo lugar a donde ir: Arpoador, el paraíso de los surfistas donde Ipanema se une con Copacabana.

El atardecer en Arpoador es el final perfecto para el día. (Foto: Viktor Marigo)

 

No podríamos haber llegado más a tiempo: justo antes de que los colores comenzaran a cambiar. La multitud se sentó como si estuviera en un cine al aire libre y esperó en silencio a que ocurriera la magia. Vitor me dijo que me concentrara en las nubes de la colina Dois Irmãos, pero también mencioné que podría sacar fotos fantásticas de los surfistas y las personas que estaban jugando “altinha” (juego de mantener la pelota en el aire usando cualquier parte del cuerpo, sin que toque el piso).

Cuando el sol casi tocaba el horizonte y el cielo estaba cubierto de pinceladas anaranjadas que parecían encendidas, las personas a nuestro alrededor vitorearon y aplaudieron, agradeciendo a la madre naturaleza por el espectáculo. Me giré hacia Vitor y le dije: “¿Cuándo repetimos el plan?”.