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Como un Quilombo muestra la historia, cultura y belleza de Río

Juré no hacer nunca más ese viaje agotador. Pasé el verano de 2016 viajando dos horas de ida y dos horas de vuelta en el transporte público desde la Zona Sur de Río de Janeiro hasta el Parque Olímpico de Barra, donde trabajé. Tres meses después estaba en camino otra vez, pasando de largo por las torres de condominios cerrados, los centros comerciales nuevos y los recintos olímpicos de seis meses de antigüedad. Sin embargo, esta vez mi destino era Camorim, una comunidad de quilombos de 400 años de antigüedad que queda junto a un parque estatal en el bosque Atlántico.

El largo viaje valió la pena.

Antes de la abolición de la esclavitud en Brasil, en 1888, los quilombos eran comunidades auto-sustentables ubicadas en el corazón del bosque, creadas por ex-esclavos africanos y negros después de escapar de su cautiverio. En la actualidad, el término hace referencia a los descendientes de esas comunidades y, en forma más casual, a personas o a un lugar que utilizan la cultura y la historia afro-brasilera como forma de resistencia: contra el racismo, contra la destrucción ambiental e incluso contra la especulación inmobiliaria.

Adilson Batista Almeida y los 10,000 miembros de la comunidad Camorim representan ambas cosas. Almeida es el fundador, presidente y director de la Asociación Cultural Camorim, cuyo objetivo es ayudar a la comunidad a adquirir derechos sobre las tierras y estatus formal como quilombo de parte del gobierno brasilero. Para promover la historia y la cultura de la área, Almeida lidera periódicamente recorridos turísticos por el Parque estatal Pedra Branca. Escuché hablar de Almeida por primera vez antes de los Juegos Olímpicos, cuando el público descubrió que el alojamiento para los periodistas olímpicos, el “Barra Media Village”, fue construido sobre un cementerio sagrado de esclavos de su comunidad.

Para hacer mi recorrido me reuní con Almeida frente a la pequeña iglesia de São Gonçalo do Amarante, construida por esclavos africanos en 1625. Junto a la iglesia hay un área comunitaria donde Almeida da clases de capoeira y jongo. Antes de empezar nuestro recorrido, nos detuvimos junto a una zona cercada frente al controvertido alojamiento para los medios. Un joven abrió el portón para revelar una pequeña excavación arqueológica justo al lado del complejo.

Aquí nos reunimos con la arqueóloga Silvia Alves Peixoto, quien hacía ya dos meses que trabajaba investigando el área que en una época fue una de las plantaciones con esclavos más grande de la región. Según explicó Peixoto, esta plantación llamada Engenho do Camorim era única, ya que el sitio, bajo el control de la Iglesia Católica, mantenía excelentes registros de todo.

“Disculpa, ¿me puedes repetir eso? ¿Dijiste que la Iglesia Católica era dueña de una de las plantaciones con esclavos más grandes de esta zona?” pregunté con incredulidad.

“Por supuesto que sí,” dijo Peixoto. Mientras Peixoto me explicaba su proyecto, Almeida sonreía y se mostraba notablemente emocionado. Aquí había una persona que finalmente corroboraría las historias que los ancestros de Almeida le transmitieron.

“Hemos esperado a alguien como ella desde el año 2004,” dijo.

Almeida y yo nos dirigimos hacia la montaña para subir por un corto sendero hacia el interior del parque de 31,000 acres. El senderismo es una de las cosas que más me gusta hacer en Río de Janeiro. Después de haber vivido en Chicago, Nueva York, París, Londres y Boston, soy una chica de ciudad de todo corazón. Pero Río de Janeiro, con sus 6 millones y medio de habitantes, es el primer lugar donde he vivido en el que puedo perderme en la naturaleza sin cruzar los límites de la ciudad. Ya había hecho senderismo en Pedra da Bonita y en el Morro Dois Irmãos, pero mi salida con Almeida fue la primera con alguien a quien le importaba tanto la comunidad y el entorno.

“Espera a ver la gruta,” me dijo Almeida cuando entramos al parque.

Almeida lidera los esfuerzos de reforestación y los recorridos de limpieza por el parque 10 veces por año. A medida que caminábamos por el bosque fresco y oscuro a mitad del día, Almeida señaló los árboles que él plantó junto con otros miembros de la comunidad en el correr de los años. Algunos de ellos estaban tan altos como yo. Uno, plantado hace solo 12 años, ya había alcanzado la parte más alta del bosque. Pasamos por pequeñas cascadas, saltamos por encima de cristalinos arroyos salpicados de rocas y nos detuvimos a admirar casas abandonadas. Nuestra última parada fue una roca de dos pisos similar a una cueva.

“La gente piensa que es tan solo una roca, pero es mucho más que eso,” me dijo Almeida.

Me agaché y seguí a Almeida por la entrada de la gruta. Esa entrada condujo a una área aún más grande, donde Almeida y yo podíamos pararnos erguidos. Antes de la abolición de la esclavitud, la roca servía de refugio para las personas que se escapaban de las plantaciones que se encuentran más abajo. “¿No es maravillosa la energía de este lugar?” preguntó Almeida mientras permanecíamos de pie en la cueva y reflexionábamos sobre lo que nos rodeaba.

La roca no fue el destino final de los esclavos que huyeron. Almeida dijo que entre 10 y 15 personas vivieron en la roca durante unos 10 años antes de que los buscadores de esclavos los descubrieran. Luego se adentraron aún más en el bosque, donde fundaron quilombos y vivieron como gente libre.

De los recorridos que lidera Almeida, el que más demanda tiene es el que conduce a los grupos hasta la parte más alta del parque estatal, donde los esperan una cascada y un pequeño lago. Otras personas han recorrido el parque por la noche o incluso han acampado en éste con ayuda de Almeida. Para comunicarse con Almeida, se pueden poner en contacto con él a través de Facebook. Solo habla portugués, pero si le avisan con cierta anticipación puede hacer arreglos para que un guía que hable inglés lo acompañe en el recorrido. Sus precios son más que asequibles y la experiencia y el conocimiento que obtendrán realmente son invaluables.